Los ludditas y los pisos turísticos

movimiento_obrero

por Roger Sunyer / www.rogersunyer.com

El luddismo fue un movimiento de artesanos ingleses del XIX dedicados a destruir las nuevas máquinas, la máquina de hilar, los telares industriales nacidos en la famosa revolución industrial y que amenazaban con reemplazarlos con trabajadores menos cualificados. La idea era básica y simple: si se eliminaban las máquinas se eliminaba el problema.

Doscientos años después en Barcelona nos encontramos con un problema parecido. Una fuerte corriente de pensamiento considera que los pisos turísticos son culpables de toda suerte de problemas: molestias nocturnas,gentrificación, falta de vivienda, aumento de los alquileres, pérdida del comercio local, turistización y un largo etcétera. En una lógica parecida a la del movimiento luddita la solución parece igual de básica y de fácil: eliminarlos a todos. Así sin pisos turísticos, no habrá molestias nocturnas, la gentrificación desaparecerá por fin de la ciudad, la vivienda dejará de ser un bien escaso, el precio de los alquileres dejará de subir y el comercio local florecerá de nuevo como antaño.

Lo cierto es que una política verdaderamente inteligente[1] debería tratar de discriminar y analizar el “problema” de los pisos turísticos. Es evidente y de sentido común que no es lo mismo una persona que tiene o quiera tener un piso turístico que un propietario hotelero tenga centenares; tampoco es lo mismo un ciudadano que gestiona varios pisos que una empresa que gestiona fincas enteras[2]. En un contexto de crisis tan estructural además, los pisos turísticos no deberían ser un problema sino más bien una oportunidad para crear riqueza. Una gestión inteligente debería contemplar el turismo como una gran oportunidad (no exenta de riesgos y de amenazas por supuesto) para empoderar económicamente a miles de ciudadanos y para trazar por ejemplo las formas mediante las cuales estos miles de pequeños propietarios pudiesen contribuir al tan deseado commonwealth (bien común).

No en vano nos acercamos al bien común cuando se crean condiciones de igualdad y libertad. La primera se consigue evitando desigualdades (mediante la redistribución fiscal, la inversión pública en barrios degradados, etc), la segunda empoderando a las personas educativa, social, política pero también económicamente. Permitir a un ciudadano gestionar uno o varios pisos turísticos es una buena manera de liberarlo[3] para luego poderle exigir que lo administre respetuosamente de acuerdo a las normas cívicas aprobadas por todos y exigirle también que contribuya (económicamente con una tasa justa y proporcionada) al bien común facilitando que otras personas puedan también ganar su libertad. El debate por lo tanto no debería ser pisos sí o pisos no, turismo sí o turismo no, sino cómo pueden y deben contribuir al bien común los pisos turísticos, cómo podemos aprovechar el turismo para una economía ciudadana. Mientras tanto en Barcelona no se puede gestionar legalmente un piso turístico pero en cambio sí se puede comprar una finca entera o abrir un nuevo hotel. A propósito de los ludditas, un hombre nada sospechoso de ser neoliberal ya lo advertía: “Faltaban tiempo y experiencia antes de que los obreros aprendiesen a distinguir entre la maquinaria y su empleo por parte del capital, y a dirigir sus ataques no contra los instrumentos materiales de la producción sino contra el modo en que estos se usaban”[4].

[1] En su sentido etimológico de interrelacionar, de relacionar distintos aspectos y tratar de escoger la mejor opción.

[2] El propio Adam Smith por ejemplo consideraba que una empresa privada con más de 25 trabajadores asalariados tenía ya un potencial en exceso peligroso políticamente.

[3] Marx decía “El hombre que no posea otra propiedad que su propia fuerza de trabajo, en cualesquiera situaciones sociales y culturales, tiene que ser el esclavo de los otros hombres, de los que se han hecho con la propiedad de las condiciones objetivas del trabajo. Sólo puede trabajar con el permiso de éstos, es decir: sólo puede vivir con su permiso.”

[4] Karl Marx Capital Libro I, vol. 2, Siglo XXI editores, 1975, p.522.