¿Seremos capaces de aprovechar el turismo para una economía ciudadana?

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Roger Sunyer / www.rogersunyer.com

La economía ciudadana sitúa a los ciudadanos en el centro de la actividad económica de la ciudad. Más allá de ser receptores de una redistribución económica imprescindible entre ricos y pobres, en una economía ciudadana los ciudadanos asumen un rol activo y protagonista del rumbo económico de su ciudad, actúan como productores y generadores de una riqueza económica que revierte simultáneamente en su propio beneficio (mediante los ingresos que obtiene) y en el de la ciudad (a través del gasto económico corriente que realiza a diario en comercios, entidades financieras o empresas de servicios y el correspondiente pago de impuestos).

Desde este punto de vista, el surgimiento de la economía colaborativa hace escasos años y su aplicación al turismo debería ser vista como una gran noticia. Gracias a ello miles de ciudadanos pueden alquilar a título individual una habitación de su casa, alquilarla entera o bien alquilar otra propiedad de que dispongan. Inmersos en una crisis económica de grandes proporciones (con más de un 20% de paro estructural y llegando al 50% de paro juvenil en España, por ejemplo) es razonable pensar además que dicha posibilidad sea vista como un gran respiro para personas que sufren o han sufrido directamente los efectos la crisis. No en vano gracias al alojamiento a los turistas (aunque mejor deberíamos empezar a considerarlas simplemente como personas –maestras, abogados, técnicos, administrativos, cantantes, boxeadores, estudiantes, ingenieros, informáticos…- que quieren visitar nuestras ciudades) han podido conseguir los ingresos que habían perdido, complementarlos o incluso convertirse en microempresarios convirtiendo el alojamiento a turistas en su actividad principal. Y es que no se trata de compartir. O no solo de eso. No se trata de un neohippismo. Es más simple: se trata de generar ingresos económicos con lo que poder pagar facturas y obtener, a ser posible, beneficios. Y para escándalo de algunos, tantos como sea posible! Hecho que por otro lado se da por descontado para cualquier otra actividad económica urbana.

Es razonable pensar que el sector hotelero se inquiete por ello. Al fin y al cabo, a nadie le gustaría perder -aunque solo sea un porcentaje- el monopolio en el que uno estuviese cómodamente instalado. El sector hotelero lo ha disfrutado durante decenios en todas partes del mundo contribuyendo a generar un tráfico de personas por todas partes coincidiendo con el abaratamiento de los medios de transporte. Ciertamente el capitalismo se basa precisamente en eso, en crear ventajas monopolísticas y conseguir las rentas de este monopolio. Pero el capitalismo también se basa en liberalizar sectores monopolizados para dar cabida a nuevos competidores que incorporan algún tipo de innovación o mejora. Y cuando la innovación se produce es lógico y previsible que se den todo tipo de resistencias al cambio, tratando de frenar la aparición de nuevas dinámicas e idealizando un pasado que parece inevitable dejar atrás.

Ante esta situación es razonable pensar también que el sector monopolizado decida invertir grandes recursos económicos y movilizar el aparato mediático tanto como sea posible para demonizar los perniciosos efectos de la liberalización de un sector hasta ahora monopolizado. Por ello se entiende bien que la turistofobia haya crecido estos años paralelamente a la aparición de nuevos operadores (particulares o pequeñas empresas) hasta el punto de culpabilizar al ciudadano que aloja a turistas en su casa (o en una casa de su propiedad) de todos los males que acechan a la ciudad: gentrificación, urbanalización, el cierre del comercio de proximidad y toda suerte de males endémicos.

Pero, ¿Porque se inquieta el monopolio hotelero? Si se tratase de cuatro neohippies hasta podrían ser vistos con simpatía. La respuesta es evidente: no se trata de cuatro neohippies sino de miles de personas. He ahí el problema: cuando son miles los ciudadanos que ven en ello una forma de actividad económica. O dicho de otro modo, cuando son miles los que ven posibilidad de acceder a los medios de producción y, simplemente, lo hacen. Lo diga la Ley o no. Simplemente quieren empoderarse –económicamente- y convertirse en productores, en generadores ellos mismos de riqueza, en ciudadanos autónomos y soberanos confiados en que la administración pública adaptará la ley a los ciudadanos y no al revés, a la innovación y no al revés. Porque están convencidos que desde una perspectiva ciudadana la liberalización del sector del alojamiento turístico debería ser gran oportunidad para abrir un sector monopolizado a miles de personas y permitir que puedan hacer de ello un complemento a su actividad económica o que puedan hacer de ello su actividad principal.

El reto de una administración pública orientada hacia una economía ciudadana parece claro: ser capaz de distinguir las oportunidades de las debilidades. Ello implica por un lado impulsar todo tipo de apoyos y facilidades para que esta innovación económica y ciudadana pueda consolidarse, más si cabe inmersos como estamos en una crisis estructural como la que estamos atravesando. Algunas de las acciones a implementar deberían tratar de promover una cultura ciudadana receptiva al turismo capaz de superar estigmatizaciones y aprovechar todo su potencial para el bien común. En el ámbito de las debilidades debería ser capaz de establecer una normativa que prevea casos de malas prácticas (como en cualquier otra actividad económica que se dé en la ciudad y como establece el sentido común) y establecer un marco de gestión tributaria que permita ingresar más recursos a las arcas públicas y en consecuencia permita reinvertir en los barrios y visualizar –también- su efectos positivos.

Sin duda una gestión pública inteligente debería ser aquella que supere el argumentario de la resistencia al cambio e invirtiese ingentes esfuerzos en una gestión estratégica del turismo que garantice que un mayor número de ciudadanos puedan beneficiarse de él, no solo como receptores de la redistribución entre ricos y pobres sino como productores, como protagonistas de la actividad económica de la ciudad. De ser así, sin duda habremos sido capaces de aprovechar el turismo para impulsar una economía urbana más ciudadana.